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Al refrán que dice “árbol que nace torcido”, lo cambiaría por “árbol que tuercen en el camino”. Inmediatamente argumento el porqué.
Cursaba la primaria. No recuerdo exactamente el grado, y llegué a la casa con una moneda de 40 centavos, muy usada en aquella época. Cuando la mostré, mi mamá y mi abuela indagaron enseguida por su lugar de procedencia. Con toda la inocencia expliqué que un amiguito del aula la había encontrado en una mesa y me la regaló. Entonces vino la pregunta: “¿En ese puesto quién se sienta?”. A lo que respondí: “otro amiguito mío”.
Y como muchos supondrán, bien temprano al otro día, mi madre me llevó a la escuela y conmigo de la mano aclaró todo y devolvió la moneda a su legítimo dueño.
Primero no entendí. Yo no la había cogido. Solo acepté un regalo. Entonces mi mami me explicó con firmeza pero con mucho cariño, combinación que logra quien busca educar a su retoño, que no debía apropiarme de lo ajeno aunque solo fuera una moneda. Y sí, pasé un mal momento pero la lección y la vergüenza quedaron en mí para siempre.
Los padres, los abuelos, la familia que convive con los menores son responsables de su formación. La escuela puede ayudar, es cierto, pero de casa tiene que venir la mayor parte del interés.
Mi relato sigue siendo muy común en la vida cotidiana de estos días. Pero la diferencia en que quede como una anécdota de la infancia, está en ustedes como responsables de la educación de su hijo, que sepa cómo actuar en cada situación. No le teman al bochorno del momento. No lo dejen solo. Ayúdenlo a enfrentar sus errores, luego háganlo recapacitar y comprender, para que puedan disfrutar la esbeltez del árbol que no se torció porque tuvo los mejores jardineros.
