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Fue una noche donde la quietud y el silencio conspiraron para apoderarse de todos los cubanos. La noticia no se hizo esperar. Raúl estremeció a toda Cuba y a otros amigos en el mundo: había fallecido Fidel, el soñador de la esperanza y del futuro.
El llanto cubrió el rostro de los que vivieron y tocaron sus sueños con sus manos y sus cuerpos. Los más pequeños se despertaron ante tan precipitado ir y venir frente al televisor. Camas vacías, puertas abiertas, madrugada convertida en día.
– ¿Qué pasó, papá?
– ¿Por qué lloras, mamá?
Por fin, un apresurado amanecer, Acompañado de una continua llovizna de lágrimas,
creciendo hasta desbordar los agradecidos ríos, que ahora, fertilizarían con creces a la agradecida tierra cubana.
El Caguairán de todos los cubanos, ha fallecido. Mejor aún: se transformó para siempre
en un árbol más frondoso.
Mujeres, hombres y ancianos curtidos en la lucha y en la sabia que les impregnó el gladiador de ideas, erguidos en las trincheras de combate, desfilarían ante su robusta y optimista imagen, con el compromiso de seguir adelante.
Todos acompañaron a Fidel en el largo viaje que emprendía por Cuba. Era un tránsito inusual. Se le veía ir seguro, por los caminos que le trazaron los próceres que le antecedieron.
Desde La Habana, llegó al centro sur de Cuba, donde se encendieron Cienfuegos para saludarlo. Luego, en un necesario y brillante acto descansaría en la épica Santa Clara.
Allí, ante la fulgurante cripta del Che, El guerrillero y jefe del Destacamento de Refuerzo, el Fidel de siempre reverenció una vez más a quien lo llamó “Profeta de la Aurora”.
El continuo y dignificante viaje lo llevó por fin a su Santiago indómito, para en la tierra de los Maceo reencontrarse con su maestro.
Desde ese sagrado y aguerrido lugar, Fidel viajaría entonces, acompañado por millones, hacia el infinito espacio de los astros.
Con miradas asombradas, los seres, habitantes aún desconocidos, en alejadas constelaciones, se preguntaban quién era aquella alumbrada figura que, quebró velocidades sorprendentes, para llegar hasta allí.
Alguien quiso ser más preciso y preguntó:
– ¿Quién eres?
El nuevo planeta fue a contestar, Pero quienes lo acompañaban: voces cubanas y de todas partes, del Sur de los humildes, no lo dejaron solo, escuchándose un estremecedor e inamovible grito: ¡Yo soy Fidel!
Sí, era Fidel. El nuevo planeta quien con luz propia llegaba, para desde las infinitas alturas seguir iluminándonos a todos.
