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La historia ha dejado en su estela a través del tiempo la impronta de grandes hombres que se ganaron un lugar justo en el sitial de honor de la nación cubana.
Cumanayagua, tierra de bravíos caciques y empinadas montañas guarda con celo el desafío valeroso de un mambí Antonio Machado Cardoso, quien no pudo esperar su madurez para con tan solo once años honrar con su bisoña presencia las filas del Ejército Libertador.
Pequeño valeroso quien como mensajero supo ganarse el prestigio de quienes lo dirigían, para luego como inquieto cubano empuñar las armas para ver a su tierra libre y soberana del enemigo español.
Este retoño nuestro levantó su voz distante de los mangos de Baragua, pero segura para apoyar a Antonio Maceo en la decisión de obtener una paz pero con independencia, y que el machete redentor retumbaría de nuevo en la manigua.
En la guerra necesaria la presencia del valeroso hijo de este valle se hizo presente y fue la primera mano en tomar las armas. Apartados rincones de la geografía local recuerdan su ímpetu guerrero el que le hizo merecedor del grado de coronel, disputado frente a las huestes españolas quienes lo vieron transitar en la invasión de oriente a occidente en su paso por el territorio cumanayaguense.
Así es este mambí con sangre de pueblo bravío que legó para las nuevas generaciones que recuerdan y sienten aún en los disimiles escenarios donde estuvo su estirpe erguida y el brazo que portaba el machete que lo inmortalizo para siempre, porque los grandes no mueren reposan para siempre en la primera trinchera de combate de la nación y el pueblo que los sembró en la cúspide de la historia.
