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Me deslicé a la entrada, en la escalera, entre un tropel de personas y me paré frente a una foto suya protegida por flores: del Presidente Raúl, de la UPEC, del presidente de la Asamblea Nacional Esteban Lazo, de la FEU, de la UJC… Estaba, como siempre, como cuando lo conocí, con la camisa blanca. Los espejuelos encima del bigote.
Le dije gracias tarde y sentí envidia porque el periodista Pepe Alejandro me había dicho, por teléfono, que, si de algo está seguro, es de que a Moltó siempre le dijo todo.
–En vida hay que decirle todo a cada quien, y yo me di el gusto de decirle todas esas cosas: que él era un tipo fuera de lo común –me había dicho Pepe–. A mí no me faltó nada por decirle, pero sé que lo vamos a extrañar mucho y que él va a estar ahí; que él está gravitando sobre nosotros, y nos está midiendo, y no es pa’ ropa.
Retumbó el himno y apenas cabíamos en la casona. Gente en los pasillos, en la escalera. Y mucha más gente en el saloncito de las conferencias.
Una vez, cuando estábamos ultimando el Segundo Encuentro de Jóvenes Periodistas, almorcé allí con él.
–Moltó no murió en cama; murió en combate, dijo Tubal Páez, presidente de honor de la UPEC, y luego Barbarita Doval, actual vicepresidenta, pidió un aplauso larguísimo, larguísimo.
–El periodismo cubano tiene que entrar al estilo Moltó –dijo Pepe Alejandro Rodríguez, al micrófono–. Moltó era un hombre grande, de una eticidad muy elevada. Un hombre en el cual no se contradecía el compromiso social y político con el criterio propio.
«Además, era un hombre que no miraba desde arriba a nadie. Era un hombre amoroso, ecuménico, un hombre que creyó mucho en la gente joven: en que los jóvenes, por talentosos que sean, no nos abandonen, porque ellos son los que van a continuar el camino; y ayudarlos a que puedan plasmar sus sueños, sus iniciativas».
Y en el público estaban sus familiares, sus colegas; la presidenta de la FMC Teresa Amarelle Boué, la contralora general Gladys Bejerano, el presidente de la Uneac Miguel Barnet, el ministro de Cultura Abel Prieto…
–Él lideró la UPEC en un momento en que se asumieron tareas trascendentales, y hay una en particular que llevamos a cabo bajo su conducción –me dijo el periodista Ariel Terrero–: el estudio, la búsqueda de un modelo de prensa acorde con las características del Socialismo que estamos tratando de construir.
«Era una gente que me convencía, que me halaba hacia determinadas tareas porque se proponía metas altas, desafiantes.
«Cuando yo me sentaba a hablar con él, sabía que me estaba dando tareas interesantes, muchas, y que ya con eso tenía para decir: me la estás poniendo en China, o en algún lugar de Cuba bien complicado, pero esta tarea hay que tratar de hacerla. Además, me estaba dando una muestra de confianza enorme, como periodista y como ser humano».
Leí una pequeña crónica que (le) escribí anteayer con la voz partida («Me seducía la forma resuelta en que hallaba las palabras y las hacía brincar por el aire armando oraciones; diciendo, sincero, lo que nos hace falta en periodismo»); y tuve que salir del saloncito porque el periodista Luis Sexto dijo: «Entre mis tesoros –como en los tesoros de tantos aquí presentes– clasifica la amistad de Moltó»; porque dijo: «Pido que tu memoria descanse en paz, pero que sigas trabajando… en guerra»; y no me gusta que me vean llorar.
