María Julia Rodríguez Gracia
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Un valor del que carecen no pocas personas y que sintetiza la escasa o nula organización de su tiempo, unido a la falta de planificación en las actividades es la puntualidad.
Se trata de una manía que desde hace mucho, se ha instalado en esta cubana existencia, que te coloca ante la vista ajena de los indisciplinados, e infiere la carencia de responsabilidad, sin dejar de mencionar un apelativo común como la sobrecarga de trabajo de aquellos que no saben delegar y se creen imprescindibles en el puesto que ocupan.
El tiempo es un recurso que no podemos controlar, y más bien nuestra vida gira en torno a él, por eso, la puntualidad es símbolo de cortesía, educación y respeto, mientras que su opositora denota desorden, falta de planeación en las cosas, y por supuesto, carencia de una agenda individual que permita estar a la hora prevista en cualquier de los escenarios en los que nos asiste el deber, aunque no niego que el interés y el deseo están muy ligados con dicha actitud.
La puntualidad es respeto a quienes esperan por nosotros en una oficina o un puesto vinculado a los servicios, ya sean médicos o de otro tipo, en la bodega, en el bar, en una cafetería, en la tarima del agro, en la terminal o ante una entrega de cualquier encomienda.
Llegar a la hora fijada para un encuentro, es dotar nuestra personalidad de carácter, orden y eficacia, es tributar en plenitud a este valor, realizar más actividades, desempeñar mejor nuestro trabajo y ser merecedores de la confianza de nuestros semejantes.
Ser puntual no es solo un deber sino una obligación, pues este es el ABC de propiciarles a los demás, una vida más digna y agradable, lo que sin dudas te convierte en un ser humano mucho mejor.
