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Siempre que compartimos paseos u otras opciones con familiares y amigos durante los meses de vacaciones, nos enfrentamos a situaciones en las que comparamos inevitablemente el proceder de nuestros hijos, hermanos o cónyuges con respecto a los que nos rodean. ¿No es cierto? Y ahora, respóndase con absoluta sinceridad: ¿la evaluación ha sido siempre satisfactoria?
Si su respuesta es positiva, créame que lo felicito de todo corazón, Ud. ha dedicado tiempo en inculcar hábitos correctos entre los miembros de su comunidad más estrecha: la familia; y lo principal es que ha tenido éxito…. Pero si la respuesta es negativa, coincido en que provoca una desazón que limita con la vergüenza, al ver a nuestros familiares más queridos arrojando latas, envases de confituras, deshechos de comida en las playas o piscinas, al transitar por la carretera o pasear por un zoológico o parque de diversiones.
En estos meses de verano he visto de todo, más de lo deseado diría yo. Me refiero a personas mayores que no demuestran con su ejemplo hábitos correctos de salud ambiental, quienes ofenden a otros delante de los más pequeños, atentan contra mesas, sillas, televisores, teléfonos en hoteles, villas, bares…. Y ni hablar de la postura en un restaurante.
Es una tarea muy difícil llamar a la reflexión y ejercer la crítica, pues muchos piensan que “desde las gradas, el toro fácilmente se agarra por los cuernos”, pero nos asiste la experiencia y los años vividos en épocas diferentes, razón por la que me remonto a una mención televisiva que decía: “el niño o niña hace más lo que ve hacer, que lo que dicen que haga”.
Así que miremos a nuestro alrededor y solicitemos a los más queridos hablar en voz baja, eliminar el vocabulario obsceno, utilizar los cestos de basura, emplear palabras mágicas como permiso, disculpe, gracias, por favor, y sobre todo, respetar siempre el esfuerzo y la propiedad ajenos. Estas cosas, se inculcan desde la casa.
