Cuidado con los niños…y el lenguaje

He escuchado más de una vez esta aclaración: «No existen malas palabras, sino palabras mal dichas». Y en sentido general coincido. Hay ocasiones en que la expresión que merece un hecho o situación, no puede ser otra que aquello que denominamos una «mala palabra». Claro, resulta difícil que, después de darle a nuestro dedo con el martillo en vez de al clavo, digamos ¡Uyyy! o ¡Qué mala puntería!

Pero eso es una cosa y otra lo que escuché a una niña —de apenas siete u ocho años— gritarle a su madre cuando esta la regañaba. Muchos de los que iban pasando tuvieron que girar la cabeza en esa dirección porque las palabrotas que tan alto resonaban, parecían haber salido de labios más grandes y maduros.

Es indiscutible, y muchos coincidirán conmigo, que los han incluido en su léxico muchas palabras vulgares que a veces ni siquiera conocen y solo las usan a sabiendas de que están mal dichas. Sin embargo, cuando critiquemos esta situación también debemos pensar en las razones que están detrás, las verdaderas causas de este problema.

Y es que la escuela, la familia y la comunidad tienen una cuota de responsabilidad grande en la labor educativa que debe garantizar el más efectivo aprendizaje de nuestro idioma materno.

Por solo citar un ejemplo, muchos de los lugares más concurridos por los niños y sus familiares son amenizados con música inadecuada, que en la mayoría de los casos, incluyen palabras obscenas e inapropiadas para ciertas edades. ¿Y que me dicen de los padres que tanto les divierte cuando los pequeñines de la casa repiten las tan pegadizas letras? Seguro que en ese momento no advierten que esas frases, una vez interiorizadas, pasan a formar parte del lenguaje cotidiano.

Por su parte, las personas mayores plantean que “antes no era así”, que “había un respeto”. Claro, siempre es más fácil decir que la juventud está perdida. Sin embargo, las barbaridades y obscenidades que tenemos que sufrir en la calle, provienen tanto de hombres como de mujeres, adolescentes y adultos, incluso no pocos de la tercera edad.

Algunas personas se justifican con expresiones tales como: “La cosa está difícil y uno tiene que desahogarse de alguna manera”. Y como históricamente ha sucedido, pequeñas cosas se van dejando pasar hasta que se generalizan, se vuelven cotidianas.

Por suerte, muchísimas personas, incluidos y adolescentes, mantienen maneras adecuadas de comportamiento y, en el país, existen múltiples centros y profesionales para la labor educativa y de enseñanza.

La escuela y la familia son indispensables para la formación de valores, apropiados modos de comportamiento y las maneras más adecuadas de expresarse, sin embargo, sería beneficiosa la contribución de cuantos estén cerca y de otros que, desde su profesión, podrían incidir de forma positiva a no ensuciar el lenguaje.

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