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Bastó mirarle solo una vez para dame cuenta de que sí tiene rostro, al contrario de lo que muchos piensan. Fue en una charla de la universidad que todavía recuerdo con los ojos humedecidos. Me impresionaron mucho aquellas caras despojadas de esperanzas, y a la vez aferradas a la vida. Pero lo que más me conmocionó fue ver la foto de una joven sonriente con un mensaje que decía: “Estarás siempre presente mi niño, aunque el sida me haya llevado tan pronto. Un beso: mamá”.
Puedo recordar que eran esas más o menos las palabras exactas. Bastaba el mensaje, escrito con una letra casi ilegible, para que el sida doliera más allá del alma, donde la razón casi nunca llega, pero la tristeza crece.
Y detrás de cada uno de esos sorbos de vida, las historias de intolerancias, de inseguridades, de desprotecciones, de contagios, de muertes… se revuelven todas de golpe cada primero de diciembre. Los lazos rojos colgados en no pocos pechos, me recuerdan las letras tristes de una madre inconsolable, y difícilmente puedo evitar ese nudo en la garganta.
Para alguien que vive de cerca esa enfermedad, o conoce a otra persona que la padece, en ese momento deja de ser un tema de películas, novelas o programas educativos en la televisión, para convertirse en la cruda realidad que sufren muchos, algunos incluso, en silencio.
Se percibe arrepentimiento, tristeza y deseos inmensos de poder retroceder el tiempo para escapar de ciertos momentos. No es el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida lo más terrible, sino el hecho de saberse irresponsable en una circunstancia en la que la razón cedió su lugar pues creyó “eso no va a pasarme a mí”.
Pensemos todos y evoquemos al amor, si, ese amor que debemos tenerle a la vida, que nos hará mantenernos alejados de actitudes insensatas y pensamientos ligeros. El amor que debemos tenernos los unos a los otros, para que cuando conozcamos que alguien fue débil y olvidó, no abandonarlo en un rincón, rechazarlo o hacerlo sentir más culpable. El amor que podemos perder cuando, por imprudencias confiamos en que no engrosaremos la lista de quienes ya aprenden a vivir, de una manera distinta.
Hoy se abre una brecha de esperanza con nuevos adelantos científicos que prometen una cura para esta dolorosa enfermedad, pero no olvidemos que la sensatez y la responsabilidad individual son la respuesta que ya tenemos en nuestras manos. Usémoslas para evitar tener que mirarle rostro.
