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De un tiempo a esta parte, he notado un fenómeno que llama mi atención por lo nocivo que puede llegar a ser. Me refiero a la falsa solidaridad, la cual ha censurado el colega Julio Martínez en varias de sus columnas Gritos y Susurros.
Constituye una manera de respaldar actitudes reprobables, como es el caso de la adulteración de los precios, lo cual conlleva al abuso entre conciudadanos.
En ocasión de hacer un reportaje sobre los mototaxis amarillos, una clienta pedía encarecidamente que se analizara la situación de las rentas, como si los que decidieron asumir el contrato no tuvieran claridad de cómo sería el trabajo.
En otra oportunidad, un ciudadano salió en defensa de los cocheros que pretendían cobrarle a otro cienfueguero entre 25 y 30 pesos por un recorrido entre el Ranchón de la Avenida 28 hasta el Reparto Junco Sur.
Más recientemente el colega Omar George describía la molestia de algunas personas ante la demora de una cola para adquirir productos del agro, cuando unos inspectores ponían al descubierto la violación de precios del vendedor.
Vale entonces preguntarse ¿qué defienden quienes asumen tales actitudes? ¿En verdad creen que nunca serán víctimas del esquilme y el abuso?
La solidaridad, la verdadera, nos lleva a ayudar a los demás, a socorrer a quien lo requiere, como dicen los abuelos “a dejar de ser de nosotros para ser de los demás”. Cuba ha dado infinitos ejemplos de actuar solidario y desinteresado. Nuestros profesionales han sido capaces de ir al más recóndito lugar del mundo para dejar una huella de bienestar, no para maltratar ni engañar. Fronteras adentro, hemos sido capaces de irnos a otras provincias ante ciclones, tornados o cualquier otra situación.
¿Por qué aplaudir a quien pretende apabullarnos? ¿Por qué quedarnos callados?
Hoy cuando el país ha adoptado múltiples medidas para proteger el salario, incrementado en una buena parte de los trabajadores, nos toca jugar un papel más activo. No podemos dejarlo solo a las autoridades, a quienes corresponde establecer los mecanismos; de hecho en Cienfuegos existen teléfonos, correos electrónicos, puestos de mando a los que podemos acudir ante cualquier anomalía. Utilicémoslos y con ello no estamos dañando a nadie, como algunos consideran. Al hacerlo estamos defendiéndonos todos para tener la vida mucho más llevadera.
Si según algunas definiciones “(…) la solidaridad es compartir con otros tanto lo material como lo sentimental, es ofrecer ayuda a los demás y una colaboración mutua entre las personas. Cuando dos o más personas se unen y colaboran mutuamente para conseguir un fin común, se habla de solidaridad”, ¿por qué no desterramos esa práctica nociva de querer respaldar lo que no lleva respaldo sino rechazo.
La falsa solidaridad no ayuda; todo lo contrario, echa más leña al fuego del desorden y el abuso.
