Europa acopia leña y con ello, también desastres al medioambiente

En una especie de loca carrera antes de la llegada del invierno, habitantes de Europa Central y Oriental se dedican a acopiar leña y madera en general, impulsados por los altos precios de la energía eléctrica y por el temor ante una posible falta de gas derivada del conflicto entre Rusia y Ucrania.

Se prevé que en países como la República Checa, Hungría, Rumanía y Bulgaria, donde entre un 16% y un 33% de la población emplea habitualmente madera para la calefacción, esos porcentajes sean considerablemente más elevados en este invierno.

Tanta es la prisa y el temor, que incluso quienes usualmente no apelaban a ese combustible, ahora protagonizan las llamadas compras de pánico, al punto que se ha generado escasez y altos precios también en el mercado de la leña y el carbón debido al acaparamiento.

En Francia, por ejemplo, los precios por tonelada de la madera prensada casi se han duplicado hasta los 600 euros, y algunos clientes han comprado dos toneladas de pellets de madera, aun cuando menos de una tonelada es suficiente para la temporada invernal, reveló el presidente ejecutivo de Poujoulat S.A., Frederic Coirier, fabricante de chimeneas y productor de combustibles a partir de la madera.

No contentos con la compra de leña, en Alemania, en el parque Tiergarten, de Berlín, los residentes cortaron casi todos los árboles para acumular leña.

Suele argumentarse que esta alternativa de la leña, a pesar de su aumento de precio, es menos cara y segura en comparación con las opciones del gas y la electricidad.

¿Barata y segura también para el planeta?

Sucede que, cada año, se destruyen diez millones de hectáreas de bosque, a pesar del combate contra la deforestación, según informó en marzo último la ONU.

Según la FAO, la Unión Europea es el segundo importador mundial de deforestación tropical y emisiones asociadas, así como responsable, por lo menos, del 16% de la deforestación vinculada al comercio internacional, por un total de 203 000 hectáreas y 116 millones de toneladas de CO₂.

El secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, ha pedido, ante tal pérdida de biodiversidad, «acciones tangibles y creíbles sobre el terreno» para acabar con «los hábitos de consumo y las modalidades de producción insostenibles». 

Pero, por lo que anda sucediendo, pareciera haber caído en saco roto tal exhortación, que parte de considerar la salud de los bosques como esencial para las personas y el planeta todo.

Si cada año se destruyen a nivel planetario unos diez millones de hectáreas de bosques, según se supo con motivo del Día Internacional de los Bosques, este 2022 amenaza con imponer un lamentable y nuevo récord en daños a la foresta, cuyas bondades incluyen su aporte a regular el clima y a refrescar, en particular zonas urbanas, a la vez que proporciona hábitat a la diversidad biológica y absorbe un tercio de las emisiones de gases de efecto invernadero.

El secretario general adjunto de Asuntos Económicos y Sociales de ONU, Liu Zhenmin, subrayaba que «el modo en que consumimos los recursos naturales está haciendo mella en la salud de nuestro planeta y, según algunas estimaciones, si la población mundial alcanza los 9 600 millones de personas en 2050, necesitaremos el equivalente a casi tres planetas de recursos naturales para mantenernos».

Así alertaba a propósito de la presión sobre la sostenibilidad de los bosques que ejercen el cambio climático, el crecimiento poblacional, la urbanización, la degradación de la tierra, la pobreza y la desigualdad.

Ahora, la loca carrera europea por la obtención de madera, algunos hacha en mano, además de la compra de leña, se sumará a esas amenazas, con impactos imprevisibles.

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