Nacionales

El último pase de lista a la inmortalidad

El pasado 3 de enero, el calendario de la patria sumó una fecha de luto, pero también de reafirmación. En cumplimiento de misiones sagradas para la seguridad y la paz de nuestro pueblo, 32 combatientes – hombres de disciplina y entrega— dieron lo último que un ser humano puede ofrecer: su propia existencia. 

Eligieron estar donde el riesgo es mayor para que la tranquilidad del resto fuera posible. Son los hijos de una estirpe que no sabe decir no cuando la nación convoca.

Se dice que el uniforme de un combatiente es su segunda piel, pero lo que estos 32 valientes vistieron aquel día fue un traje a la medida de su propia dignidad. 

No es un traje hecho de hilos y botones; es una armadura tejida con los valores de la casa, con las enseñanzas de los maestros en el aula y con el juramento sagrado ante la bandera.

Este traje no le queda bien a cualquiera. Le queda bien al hijo que se despide con un beso rápido porque el deber llama; le queda bien al padre que, aunque extraña, sabe que su ejemplo es el mejor legado para sus niños; le queda bien al joven que cambió la fiesta por la guardia y el descanso por el servicio.

Es un traje que se ajusta perfectamente a quienes entienden que la palabra patria no es un concepto abstracto, sino el rostro de sus vecinos, la sonrisa de sus abuelos y el futuro de sus hermanos.

Del aula al panteón de los héroes

Para quienes los vimos crecer, la noticia nos golpea con la fuerza de lo increíble. Ayer mismo eran los muchachos que llenaban los pasillos de las escuelas con su alegría contagiosa, los que preguntaban con curiosidad en clases, los que soñaban con ser ingenieros, médicos o artistas.

Sin embargo, en algún punto de su crecimiento, algo hizo clic en sus conciencias. Comprendieron que para que otros pudieran estudiar, soñar y vivir, alguien tenía que estar dispuesto a vigilar, a proteger y, si fuera necesario, a caer. 

Esa metamorfosis del alumno al héroe es el milagro más grande de nuestra sociedad. El traje les fue entallando a medida que sus hombros se hacían más anchos para cargar con la responsabilidad, y su espíritu más fuerte para resistir cualquier tempestad.

La hidalguía del combatiente humilde

Lo que más conmueve de estos 32 rostros es su sencillez. No buscaban las luces de la fama ni los aplausos del escenario. Su escenario era el silencio del deber cumplido. 

Son de esa clase de personas que, al cruzarse con su antiguo maestro por la calle, mantenían el respeto intacto, la mirada limpia y el saludo afectuoso.

Esa humildad es la que hace que hoy el dolor no sea solo de sus familias biológicas, sino de cada cubano que se siente representado en ellos.

Hoy, cuando sus cuerpos regresan a la tierra que los vio nacer, no lo hacen en silencio. Los acompaña el eco de un pueblo que sabe agradecer. 

No hay llanto que no vaya acompañado de un gracias, porque, aunque sus vidas fueron segadas en la plenitud, la intensidad de su entrega les otorga una longevidad que los años no pueden dar: la inmortalidad en la memoria colectiva.

La siembra

A las familias, a los amigos, a los compañeros de armas: no entierran a un soldado, plantan una semilla. El traje que vistieron ahora se multiplica en miles de jóvenes que, inspirados por su ejemplo, decidirán también ser útiles.

Los 32 del 3 de enero ya no pertenecen a un escalafón militar ni a una nómina de servicio; pertenecen a la historia, han pasado a formar parte de esa columna invisible que custodia nuestra isla, esa que no necesita relevo porque su luz es eterna.

Que el viento de la Sierra y el salitre del mar lleven este mensaje a cada rincón: En Cuba, cuando un combatiente cae de pie, se levanta un pueblo entero para sostener su bandera.

¡Honor y Gloria eterna! Viven en nosotros. 

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